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Del papel a la pantalla: la explotación laboral en la industria del anime

La democratización de los medios de reproducción multimedia y la, cada vez menor, brecha digital en nuestra región, han propiciado un mayor consumo de videos como principal actividad de ocio, donde ver series o películas en servicios de streaming es algo ya común en nuestras vidas. Al transformarlo en rutina no nos cuestionamos todo el proceso que conlleva la realización de estas producciones que pueden, algunas veces, derivar en malas prácticas laborales.

En esta última década, la animación japonesa ha estado acaparando la atención de los espectadores jóvenes, con series como Shingeki no Kyojin (Wit Studio, 2013) o, recientemente, Kimetsu no Yaiba (Ufotable, 2019). Pero a pesar de la creciente popularidad que ha experimentado a lo largo del mundo, se encuentra en una paradójica crisis: ¿Cómo una industria que genera alrededor de 20 billones de dólares anualmente, puede estar en riesgo? La respuesta es simple: Un sistema de distribución de ganancias desigual y el abuso laboral que sufren los trabajadores.

La industria de la animación japonesa se rige por un modelo piramidal de usufructos que pasa, primero, por un comité de producción, luego, a los estudios de animación y de estos, a los trabajadores freelance. Si desglosamos esta jerarquización desde los estudios hasta los trabajadores independientes, la distribución de ingresos sería de esta manera: Directores de la serie > productores y asistentes de producción > guionistas > actores de voz y, finalmente, los animadores/dibujantes que no perciben ninguna regalía de las licencias o ventas del anime.

Para contextualizar, los dibujantes tienen la precariedad de no contar con un salario formal, solo reciben una retribución de 200 yen  —1400 pesos chilenos—  por cada fotograma que realizan. En promedio, estos trabajadores generan 20 ilustraciones al día, por tanto, si hacemos los cálculos, reciben aproximadamente 130.000 yenes mensuales (884.000 pesos chilenos), lo que ni siquiera cubre el costo de vida en el centro de Tokio.

Adentrándonos en el aspecto del abuso laboral, a inicios de abril de este año, un productor asistente del famoso estudio de animación Madhouse (Death Note, HunterXHunter 2011, NANA), denunció la explotación a la que estaba expuesto: trabajó 393 horas en su último mes. Esta práctica es un destino que corren muchos trabajadores de este tipo. Según una encuesta realizada por Sakugablog, al 68% de los empleados les pagan ocasionalmente o no les retribuyen sus horas extras, a esto se le suma la desalentadora cifra de que el 80% de los dibujantes abandonan su ocupación los primeros tres años.


Viendo todos estos números, surge la siguiente duda: ¿Por qué los dibujantes —que son los que tienen las peores condiciones laborales—  no protestan por mejores derechos? No les conviene, pues existe una incipiente cantidad de mano de obra barata alrededor de Asia que podrían fácilmente reemplazarlos. Se añade, además, el descontento general por el hecho de que hasta los superiores de estos trabajadores son mal remunerados.

Pagar por servicios de streaming legales —Crunchyroll, Netflix, Amazon Prime— no solucionará esta desigualdad, ya que el dinero de las licencias se va mayoritariamente a quienes gestionan su producción —comités de producción—  y no a los estudios que crean la animación. Por tanto, la “piratería” de estos medios no puede ser tomada como una causa del declive monetario de la industria.

Sin lugar a dudas, la animación japonesa se encuentra en un gran riesgo de quebrar a mediano plazo si no cambia la estructura de cómo se distribuyen las ganancias. Debe garantizar, entonces, derechos dignos  a sus trabajadores como también mejores sueldos. 

Por último, es válido recomendar el anime Shirobako (P.A. Works, 2014) a quien interese aprender sobre el funcionamiento interno de los estudios de animación japonesa. 
 

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